Imagina un futuro no muy lejano, donde robots que fueron creados por humanos con el fin de ayudarlos a cumplir funciones cotidianas, de pronto aprenden a pensar y actuar por sí solos. Así comienza la revolución, que termina en un escenario post-apocalíptico donde los humanos son gobernados por máquinas más inteligentes que ellos.

Esta es quizás una de las concepciones más clásicas sobre Inteligencia Artificial, basada en un escenario futuro de ciencia ficción que parece nunca llegar.


Pero lo cierto es que hoy, la Inteligencia Artificial o AI, por su acrónimo en inglés (Artificial Intelligence), está aplicada de forma más común de lo que creemos y de hecho, muchos interactuamos con ella todos los días.

Inteligencia Artificial

Por definición, la inteligencia artificial es aquella desarrollada por máquinas.


Pero en nuestros smartphones tenemos acceso directo a aplicaciones inteligentes, como Siri en los teléfonos de Apple, que a través del sistema de reconocimiento de voz, puede cumplir comandos como llamar, enviar mensajes de texto o buscar en Internet, entre otros.


Otro ejemplo, ¿sabías que el 80% de las películas y series que vemos en Netflix son a través del sistema de recomendaciones?

Esto es porque la plataforma recolecta datos para determinar hábitos de los consumidores y categorizarlos en grupos basados en gustos similares. Una curatoría fina para entregarnos el contenido más efectivo.

FUENTE: MEDIUM


En teoría, Netflix aplica inteligencia artificial para crear algoritmos, pero más específicamente, Netflix contrata personas que clasifican cada película y serie en el catálogo de la aplicacion para formar grupos y subgrupos basados en intereses e interacciones, logrando que el algoritmo le entregue a cada usuario sugerencias tan específicas como “Películas que tienen de protagonistas a mujeres fuertes”.

En perspectiva, la inteligencia artificial aplicada de Siri o Netlix no es tan impactante como la que se nos ha presentado durante años en la ciencia ficción. Como en la película Iron Man, donde su asistente personal, J.A.R.V.I.S, una máquina autónoma, interactúa con el protagonista de uno a uno, como si tuviera el cerebro de un humano...


La explicación de esta diferencia es que hoy la Inteligencia Artificial que vemos aplicada en dispositivos y aplicaciones sería mejor clasificada como una automatización artificial.



Usemos como ejemplo los autos autónomos o sin conductor.


Detrás del volante, por así decirlo, hay distintos sistemas y softwares, con miles de datos que le entregan lo necesario al auto para realizar acciones como avanzar, parar ante un semáforo en luz roja o evitar chocar con otro auto que viene adelantando a una alta velocidad.


Datos, fotos, videos, señaléticas y palabras, toda la información obtenida por sensores y cámaras es recolectada por humanos para crear algoritmos, que le indican a la computadora o máquina que “maneja” el auto, cómo reconocer a una persona que está caminando sobre un paso de cebra y utilizar el freno, o qué acción puntual realizar ante un disco Pare y un Ceda el Paso.

Para que una máquina sea realmente inteligente, debe ser capaz de analizar posibles resultados, reducir probabilidades, ser flexible y saber responder ante los diferentes escenarios que surgen cuando se intenta cumplir una meta, como lo hacemos los humanos.

Esto significa que la inteligencia artificial como la conocemos hoy, puede no ser inteligente de forma independiente, pero tiene competencias suficientes para que estemos mejor conectados y preparados para cumplir nuestras funciones diarias.

Casas Inteligentes

La temperatura, luz, nuestra música, los programas o películas que vemos, las cortinas, la seguridad e incluso la comida en nuestro refrigerador hoy puede ser controlada y monitoreada por comando de voz, control remoto, tablet o smartphone.

Internet es el motor y habilitador de las casas inteligentes.

Muchos de los artefactos que se utilizan requieren baterías o cables de poder para funcionar, pero por sobre todo, dependen de una conexión a Internet para comunicarse entre ellos y un smartphone.


Para eso es necesario contar con un ancho de banda capaz de soportar los dispositivos conectados y un red de Wi-Fi que cubra la totalidad de la casa. Esto asegurará una experiencia realmente inteligente.

Muchos de los artefactos que se utilizan requieren baterías o cables de poder para funcionar, pero por sobre todo, dependen de una conexión a Internet para comunicarse entre ellos y un smartphone.


Para eso es necesario contar con un ancho de banda capaz de soportar los dispositivos conectados y un red de Wi-Fi que cubra la totalidad de la casa. Esto asegurará una experiencia realmente inteligente.

Con una buena señal de Wi-Fi, podremos controlar cada acción de los aparatos tecnológicos en tiempo real e incluso de forma remota: recibir alertas cuando las cámaras detectan un movimiento fuera de lo común o programar una notificación de tu refrigerador para que te recuerde cuando ya no queda leche.


Además de la comodidad, una casa inteligente producirá un montón de datos sobre nuestro comportamiento y consumo. Con esta información, seremos capaces de tomar decisiones acertadas sobre cómo ahorrar o invertir de mejor forma en nuestra conveniencia, seguridad, tiempo y entretención. Este ahorro económico a su vez, dará un respiro al planeta, ya que consumiremos energía de forma más controlada y responsable.

Además de la comodidad, una casa inteligente producirá un montón de datos sobre nuestro comportamiento y consumo. Con esta información, seremos capaces de tomar decisiones acertadas sobre cómo ahorrar o invertir de mejor forma en nuestra conveniencia, seguridad, tiempo y entretención. Este ahorro económico a su vez, dará un respiro al planeta, ya que consumiremos energía de forma más controlada y responsable.

En 2015 existían 15.4 billones de dispositivos conectados. Para el 2020 podríamos tener más de 30 billones. Desde sensores de movimiento a celulares, equipos domésticos y juegos de realidad virtual, todos requieren Internet para realizar acciones.


Las casas inteligentes o Smart Homes, son una representación del Internet de las Cosas (IoT), ya que al conectar una gran cantidad de dispositivos a un sistema central, se genera comunicación y transferencia de datos entre ellos, que determinan una acción, como encender las luces cuando una persona ingresa a una habitación y apagarlas cuando sale de ella.


Pero además de la comodidad, estar conectados desde nuestros hogares aportará a cerrar brechas, sobre todo en sectores aislados de nuestro país, donde hoy la conectividad se vuelve imprescindible, sobre todo en temas de comunicación y salud. En lugares donde no existen especialistas o centros de atención por ejemplo, sus habitantes podrían recibir atención remota en sus hogares vía Wi-Fi o pedir horas en línea, sin la necesidad de movilizarse.


Las distancias se acortan cuando todos tenemos la posibilidad de conectarnos a un red de internet segura y de alta calidad, aprovechando la tecnología como un instrumento que aporte a mejorar la calidad de vida de todas las personas.